I

Personas que te traen canciones que te traen historias que te traen aromas que te traen recuerdos que te traen miedos que te traen el coraje necesario para empezar todo de nuevo desde algo más que el cero, como el fondo del charco más profundo de la cuadra que no terminará de secarse antes de la próxima lluvia que lo cubra y le quite su condición de charco para volverlo abismo de su propio mar.

No sabrá que no está solo.

No sabrá. El agua no sabe a otra cosa que a sí misma.

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In this Colony

Mi vinculación con el futsal nunca había ido más allá de algunos partidos, muy pocos piques y muchísimos menos goles en el gimnasio del Elbio, el de la calle Maldonado, muchos años ha. En 2013, Peñarol visitaba a Old Christians de Colonia por la segunda y última final de la Superliga de futsal, sábado que aproveché para armar una mochila, tomarme un ómnibus desde Solymar y luego otro desde Tres Cruces.

La entrada me la compró el inefable Cabeza (previa gestión vía twitter y/o whatsapp), la pasé a buscar por el Café del Muelle Viejo y después de charla y birra de por medio, nos alcanzaron en auto hasta el field de Juventud de Colonia. Aunque el Cabe es un gran hincha de Peñarol en fútbol de 11, esgrimió sus razones (familiares, personales, locales) para tomar asiento en la tribuna ubicada a la izquierda de la entrada. Yo seguí hacia abajo y hacia la derecha después de darle un abrazo a un compañero de laburo, Enzo, coloniense como el otro, pero bolso.

Pocas veces había seguido un partido con tanta cercanía a los protagonistas y con tan poca o nula distancia entre las dos hinchadas; recuerdo un Miramar—Rampla, domingo de mañana en el Méndez Piana, pero al no sentir los colores no había sido lo mismo. Me puse la réplica de la del Nando del 82, hermosa aunque el amarillo del algodón venía medio tenue, me entremezclé con los que más agitaban detrás del arco y así se pasó el partido (que ganamos), el alargue (que empatamos) y la Copa (que perdimos por penales).

No faltaron los deforestados intelectuales que desde mi tribuna se mandaron a la cancha, se tortearon contra cualquiera (posiblemente hasta entre ellos mismos) y se robaron por un rato una bandera del Christians. No era un buen momento para testear los cascos de los caballos ni para intentar explicarle nada a algún amable agente; mucho menos lo era para tener un celular con la batería al 0%, una mierda. Se me habían ido a la ídem todos los escenarios posibles a la salida.

Por suerte una de mis virtudes es la ubicación espacio—temporal, así que me fui caminando por donde había venido en auto, todo por la rambla que está entre el Real de San Carlos y el Casco Histórico. Busqué la principal (Gral. Flores), la encontré y la caminé buscando un bar, café, cyber, o algo que aún no estuviese con las sillas encima de las mesas. Nada. Hasta la Terminal de Ómnibus estaba cerrada.

Pensé “¿qué puede estar abierto a ésta hora, donde me pueda quedar un rato mientras se carga el teléfono y pueda avisarle a mis amigos del Christians que salí vivo y con mi humanidad ilesa?”

¡LA COMISARÍA DEL PUEBLO!

¿Dónde quedan las comisarías de pueblo?

POR LA PRINCIPAL, A NO MÁS DE 2 CUADRAS DE LA PLAZA, CERCA DE LA IGLESIA O DEL BROU

Dicho y hecho, ahí estaba, un edificio que gritaba POLICÍA: viejo, sin gracia, sin nadie en la puerta. Entré, me recibió el eco de mis pisadas, una luz en una oficina más adelante, y allí una agente rubia, de rodete.

—Buenas noches

—Buenas noches

—Mire, le cuento (inserte los párrafos 4, 5 y 6)

—Venga, siéntese, deme el celular. ¿Trajo el cargador?

—Sí

A los 5 minutos nos estábamos tuteando, a la hora ya supe que se había metido a la Policía por ser un laburo estable, con buenas prestaciones de vivienda y salud, que tenía una nena y estaba en pareja pero andaba medio mal y no sabía si separarse o no. Entre todo eso, vi como se ponía de pie en un solo movimiento al llegar el comisario.

—Buenas noches, agente.

—Buenas noches, comisario.

—¿Algo nuevo?

—No, señor.

Yo los miraba sin mucho ánimo hasta que el tipo encontró mis ojos.

—¿Y el muchacho?

—Es de Montevideo, vino a ver un partido en el que hubo incidentes y como no podía comunicarse…

—Ah, sí, el partido.